España ha vuelto a ganar un Mundial. Lo celebro como todos. Pero, curiosamente, lo primero que me ha venido a la cabeza no ha sido un gol, sino una canción de Los Planetas del verano del 98.
Supongo que la memoria funciona así. No archiva los veranos por años, sino por canciones. Escuchas algo y, sin pedir permiso, aparecen playas que ya no pisas, amigos con los que hace tiempo que no hablas, amores que no podían llegar a ninguna parte y aquella extraña sensación de que todos los finales quedaban demasiado lejos.
Durante mucho tiempo el verano también olía a derrota. Crecí viendo a una selección española que parecía condenada a quedarse en la orilla. Los cuartos de final eran casi una estación del año. Nos ilusionábamos lo justo para que doliera cuando todo terminaba. Ahora resulta extraño ver a un equipo que juega sin miedo, que se divierte y que ha convertido lo excepcional en costumbre. Que sí, que ya se consiguió un mundial hace unos años en Sudáfrica, pero esto es otra cosa.
Porque hay algo profundamente bonito en contemplar a Lamine Yamal, a Cubarsí, a Pedri, a Nico Williams y a tantos otros futbolistas que representan una España que hace unas décadas apenas éramos capaces de imaginar. Una España donde el talento no entiende de apellidos, de acentos ni del lugar en el que nacieron tus padres. Lo mismo demostraron antes nuestras campeonas del mundo: que el progreso siempre acaba llegando, aunque algunos se empeñen en mirar hacia atrás.
Una sociedad también se explica por sus veranos. Los de antes parecían infinitos. O quizá éramos nosotros quienes lo éramos. Y es que el mundo entero cabía dentro de agosto. No había prisa por crecer. Y, sin embargo, crecimos.
Hoy los veranos pesan de otra manera. Pesan porque el calor ya no da tregua, a pesar de tener al alisio de nuestra parte. Porque cuesta recordar cuándo fue la última noche en la que hizo falta una sábana. Porque el cambio climático ha dejado de ser una discusión para convertirse en una experiencia cotidiana. Está en las conversaciones, en las noticias de incendios que nos llegan de península y en ese gesto automático de buscar una sombra apenas cruzamos la puerta de casa.
Hace unos días leía una entrevista a mi amigo Enrique Rey con motivo de la publicación de su libro Melón con jamón. Hay una frase que se me quedó rondando: "El verano es una promesa que seguimos buscando aunque nunca llegue a cumplirse del todo." Me parece una definición perfecta. Quizá por eso cada junio imaginamos que este sí será diferente. Que tendremos tiempo para leer, para viajar, para descansar, para querer mejor o para reconciliarnos con nosotros mismos. Luego llega septiembre y descubrimos que el verano, como casi todo lo importante, nunca fue exactamente lo que esperábamos. Y, aun así, volvemos a esperarlo cada año.
Quizá precisamente por eso uno aprende a no hacer grandes planes, a dejarse llevar por la deriva de los días. Un cine de verano donde todavía es posible compartir el silencio con desconocidos. Una terraza cuando el aire decide conceder una tregua. Una sobremesa que se alarga sin que nadie mire el reloj. O la suerte inmensa de tener cerca a quienes hacen que cualquier momento compartido merezca la pena.
Tengan unas felices vacaciones.