El arte contemporáneo parece debatirse entre dos caminos cada vez más visibles: el de la circulación constante (nombres, obras y discursos que viajan de un museo a otro) y el de la raíz, más discreto, más frágil, pero también más necesario. No es una oposición nueva, pero sí cada vez más evidente en un contexto donde lo global tiende a imponerse como medida de valor.
Se puede entrar en el Museo Reina Sofía o en la Tate Modern y reconocer, casi sin esfuerzo, aquello que ya forma parte de un canon compartido. Son espacios imprescindibles, pero también previsibles en su lógica: grandes relatos, artistas consolidados, discursos ya asumidos. Frente a eso, otras instituciones juegan un papel distinto.
La exposición In Memoriam. Juan Pedro Ayala, en el Centro de Arte La Regenta, se sitúa en ese otro lugar. No busca insertarse en el circuito global, sino atender a una necesidad más concreta: mirar con atención lo que se ha producido aquí. Y hacerlo con la suficiente ambición como para que esa mirada no sea secundaria.
La muestra reúne cuarenta obras seleccionadas entre más de doscientas y recorre las principales líneas de trabajo de Juan Pedro Ayala: los árboles, el mar y el erotismo. No hay voluntad de exhaustividad, pero sí de claridad. La exposición está pensada para que quien no conozca su obra pueda formarse una imagen completa, y quien la recuerde pueda revisarla con distancia.
Hay un acierto fundamental: confiar en la pintura. En lugar de sobrecargar el recorrido con interpretaciones, la propuesta deja espacio a las obras, que sostienen por sí mismas el conjunto. El trazo enérgico, el color llevado al límite, la tensión constante en las formas construyen un lenguaje reconocible que no necesita ser subrayado.
Pero más allá de sus virtudes formales, lo relevante es lo que esta exposición representa. En un panorama cultural donde la atención se desplaza con facilidad hacia lo exterior, este tipo de proyectos cumplen una función crítica: reafirmar el valor del contexto propio sin convertirlo en excepción. No se trata de reivindicar lo local como refugio, sino como parte activa de la conversación artística.
La trayectoria de Ayala, desarrollada en Canarias entre finales de los noventa y la primera década de los dos mil, encuentra aquí un espacio de lectura que difícilmente podría reproducirse fuera. No por falta de calidad, sino por falta de contexto. Hay obras que viajan bien; otras necesitan permanecer cerca de los lugares que las hicieron posibles.
La Regenta acoge así algo más que una retrospectiva: propone una forma de mirar. Más atenta, menos dependiente de validaciones externas, consciente de que el arte no solo se define en los grandes centros, sino también en estos espacios donde aún es posible descubrir (o redescubrir) sin mediaciones excesivas.
En tiempos de homogeneización cultural, ese gesto no es menor. Es, probablemente, imprescindible.