Hay conversaciones que empiezan casi sin darse cuenta y acaban llevándote muy lejos. El otro día, hablando con mi hijo Federico, con sus siete años de intacta curiosidad, terminamos hablando de los orígenes del cine. Le conté que todo comenzó en 1895, en París, con los hermanos Lumière. Y que la primera imagen proyectada ante un público fue algo aparentemente sencillo: unos obreros saliendo de una fábrica.
Y no es casual que el cine, ese invento que iba a cambiar la manera de mirar el mundo, naciera fijándose precisamente en quienes lo sostendrían con sus manos. En los trabajadores, en la gente común (o "common people", que diría Jarvis Cocker). Como si desde el principio ya estuviera ahí la intuición de que sus vidas también merecían ser contadas.
A partir de ahí, uno empieza a relacionar cosas. Las máquinas devorando cuerpos en Tiempos modernos, la dignidad colectiva en El acorazado Potemkin, o esa melancolía obrera que atraviesa Qué verde era mi valle. Y pienso en personajes como el de Albert Finney en Sábado Noche, Domingo Mañana, peleando contra una vida que parecía ya decidida de antemano. "Cualquier cosa que la gente diga que soy es lo que no soy".
Más cerca, mucho más cerca, están los hombres que pasan Los lunes al sol o esa Rosetta que corre, insiste, cae y vuelve a levantarse porque trabajar, simplemente trabajar, es la única forma de mantenerse en el mundo. Al fondo, todos esos primeros de mayo acompañando a mi padre sindicalista a las manifestaciones desde bien pequeño. Han pasado los años y ciertamente algo hemos mejorado pero la cuenta aún nos sigue saliendo a deber.
Más de un siglo después, seguimos hablando de empleo digno como si fuera una aspiración y no un punto de partida. Seguimos discutiendo el acceso a la vivienda como si no fuera un derecho básico. Y seguimos viendo cómo todo eso se tambalea con oleadas de neoliberalismo y capitalismo salvaje.
Entonces aparece, casi como un recuerdo lateral, aquella película interminable (larga, larguísima) de Peter Watkins sobre la Comuna de París. Creo haberla visto (o no, la memoria es frágil) de una forma casi fantasmagórica, proyectada en una noche blanca en París mientras un cuarteto de cuerda a bordo de helicópteros interpretaba a Stockhausen sobre el Sena. Cosas que solo se les puede ocurrir hacer a los franceses, por otra parte.
Al final algo persiste en todo esto, la idea de que las cosas pueden ser distintas. De que los derechos no caen del cielo. De que cada avance tiene detrás una historia de conflicto, de gente que decidió no conformarse. Y eso, de algún modo, también estaba en aquello que le contaba a mi hijo de los obreros saliendo de una fábrica sin saber que estaban inaugurando algo mucho más grande que el cine (si lo hay). Estaban dejando testimonio de una realidad, de una lucha.
De eso trata todo esto, de no perder la perspectiva. De seguir mirando ahí, donde casi nadie mira. De entender que lo que hasta antesdeayer parecía normal en nuestro privilegiado primer mundo (trabajar, vivir, tener un lugar) sigue siendo, en muchos casos, una pelea abierta.
No lo olviden, feliz Primero de Mayo.