Y volvimos del verano. Aunque en Fuerteventura el calor no se ha ido del todo. Sigue ahí, omnipresente, pegado a la piel, mientras los niños regresan a clase y los padres nos organizamos en grupos de WhatsApp para recaudar dinero y comprar ventiladores. Porque en nuestras aulas el aire acondicionado es un sueño lejano que no habita en los presupuestos.
Mientras tanto, en la Puerta del Sol hay gente acampando, el problema de la vivienda ya no se podía estirar más y se rompió el día que desahuciaron a Maricarmen.
Mi generación (parejas con hijos y sin ellos, solteros que ya no pueden permitirse vivir solos porque la soledad se ha vuelto un lujo, gente que comparte piso alquilado por pura necesidad) mira hacia atrás y ve a sus padres comprando un piso con un sueldo medio. Nosotros miramos las cuentas y vemos cómo el alquiler se come la mitad del salario, o más, mientras los sueldos no crecen al mismo ritmo que los precios. Vivimos en un eterno “provisional” que se ha vuelto permanente.
Hay días en que uno se siente como en "Week-end", de Godard: esa carretera interminable, llena de coches parados, accidentes, gente gritando, un mundo que se descompone mientras la burguesía sigue discutiendo sobre qué comer. O en "Tout va bien", donde la huelga en la fábrica y el matrimonio que se deshace muestran que el sistema no solo explota el trabajo, sino también la vida íntima. "Todo va bien", decimos, mientras hacemos la colecta para el ventilador y firmamos otra petición de change punto org más. Ya ven que Godard sirve un poco para todo.
Entonces llega "La bola negra". La película de Javier Ambrossi y Javier Calvo, estrenada hace apenas unos días, inspirada en esas cuatro páginas que Lorca dejó inacabadas antes de que lo mataran. Tres épocas, tres hombres, el deseo perseguido, la bola negra que te expulsa por ser quien eres. Te rompe. Te deja sin aire. Porque no es solo historia: es la herencia del rechazo, del miedo, de los cuerpos que tuvieron que esconderse y de los que aún hoy siguen siendo señalados. "¡Mira que nos acechan todavía!".
Paul B. Preciado estuvo estupendo en una entrevista a un medio de tirada nacional: “Cada votante de Vox lleva dentro de sí un cuerpo trans, un cuerpo homosexual, un cuerpo indígena”. Que la normalidad se construye arrancando, a base de violencia, otras posibilidades de existir. Que esos cuerpos suprimidos siguen resonando incluso en quien los niega. Es una frase dura, incómoda, pero cierta. Porque el problema de la vivienda, el del calor en las aulas, el del odio que se organiza políticamente, no son cosas separadas. Son formas distintas de decirte que tu cuerpo, tu deseo, tu necesidad de un techo, sobran.
Volviendo a Lorca, que escribió sobre el amor y la muerte con una intensidad que aún quema. Leonard Cohen lo entendió tan bien que convirtió su "Pequeño vals vienés" en "Take This Waltz": esa invitación a bailar aunque el mundo se deshaga, a amar aunque duela. “Take this waltz, take this waltz, take this waltz with the clamp on its jaws…”. Hay algo de eso en nosotros ahora: seguir bailando, sin aliento, entre el calor de septiembre y un capitalismo salvaje que nos quiere expulsar de unas vidas, las nuestras, que merezcan ser vividas .
Nos queda el amor. El amor que se sostiene cuando todo lo demás parece amenazar con derrumbarse . El que aparece en una mirada al final de un día largo cuando ya nos caemos de cansancio.
No estamos solos en esto. Nos tenemos. Porque aún hay cosas que no nos pueden embargar y de la esperanza me niego a ser desalojado.
Mientras el verano se resiste a marcharse y el otoño tarda, seguimos aquí: sudando, compartiendo, protestando y, de vez en cuando, amando como quien se aferra a la única certeza que todavía nos pertenece.